Reflexión y análisis

¿Qué tiene que ver la matemática con la política? Mucho, aunque ustedes no lo crean…*

por Jean-Pierre Marcaillou  con la colaboración de Rafael Jiménez. Profesores IESA

Nunca se han escuchado tantos conceptos matemáticos dentro de la política venezolana como en estos últimos diez años. Una década de permanente tensión social, que ha encontrado en el mundo simbólico de los signos y las operaciones numéricas su principal referencia metafórica. La primera vez que la notación algebraica saltó de los pizarrones a los espacios públicos fue en los años setenta del siglo pasado, cuando apareció en las calles caraqueñas el escueto graffiti TQQJ; conocida sigla de carácter amoroso que con el tiempo -y en atención a la regla que rige la suma de numeradores con igual base- quedaría simplificada en la fórmula TQ2J. Graciosa muestra de la creatividad popular que nos hizo caer en cuenta de una circunstancia nada evidente: que hasta para triunfar en cuestiones de amor resulta conveniente aprender algo de álgebra. Sin embargo, debemos confesar que desconocemos si esta simplificación de origen tropical sirvió para hacer más intensa la pasión de los amantes. Pero volviendo a nuestro tema inicial, dado que en matemáticas existen las regresiones pero no las digresiones, nos vemos tentados a decir que mucho de nuestros actuales padecimientos políticos se deben a la incapacidad de nuestros antiguos profesores para enseñarnos, a través de metodologías y enfoques pedagógicos originales, la relación existente entre la matemática y los hechos cotidianos, y, en particular, la realidad política.

Todos somos testigos de cómo nuestros profesores de bachillerato nos recordaban a cada instante que la incógnita se hallaba a la izquierda mientras que el resultado se ubicaba a la derecha; de lo que se puede desprender una contundente moraleja electoral: resulta conveniente votar por la derecha, ya que desde el punto de vista matemático, es donde está la solución.

Un primer ejemplo de la pertinencia de recuperar, para la vida en sociedad, la milenaria sabiduría contenida en el conocimiento matemático, lo podemos encontrar en el llamado proceso (de un tiempo para acá no hay cosa que no se halle vinculada con el proceso) de “resolución de ecuaciones e inecuaciones”. Todos somos testigos de cómo nuestros profesores de bachillerato nos recordaban a cada instante que la incógnita se hallaba a la izquierda mientras que el resultado se ubicaba a la derecha; de lo que se puede desprender una contundente moraleja electoral: resulta conveniente votar por la derecha, ya que desde el punto de vista matemático, es donde está la solución. Aunque llegados a este punto es preciso señalar que toda regla tiene su (estado de) excepción, o lo que es lo mismo, que a veces la incógnita puede aparecer a la derecha: el célebre “Carmonazo”.

Tradicionalmente, el signo negativo ha sido utilizado para identificar al conjunto de símbolos agrupados a la izquierda del cero (versión numérica del centro político), a la vez que el signo positivo ha sido empleado para distinguir al conjunto de símbolos ubicados a la derecha del cero. Esta nomenclatura data de la Revolución Francesa; época en la cual, en el plano ideológico se calificó como de “derecha” a los nobles del antiguo régimen sentados a la diestra del Presidente de la Asamblea Nacional francesa, en el año decisivo de 1789; y como de “izquierda” a los representantes de la burguesía y el extremismo jacobino, dispuestos al lado “siniestro” de la máxima autoridad parlamentaria.

De este importantísimo momento histórico proviene, igualmente, el sistema de coordenadas cartesianas, cuya estructura espacial dispone que, en el denominado “eje de las abscisas”, los valores sean distribuidos de izquierda a derecha (es decir, de lo negativo a lo positivo) a lo largo de una línea horizontal; mientras que, en el llamado “eje de las ordenadas”, los valores sean dispuestos de abajo hacia arriba (es decir, de lo negativo a lo positivo) a lo largo de una línea vertical. La moraleja sociopolítica, en este caso, luce bastante obvia: la izquierda y los de abajo (el cuarto cuadrante del sistema de ejes) son relacionados con lo negativo; y la derecha y los de arriba (el primer cuadrante) son vinculados con lo positivo. La sabiduría contenida en el conocimiento matemático nuevamente vuelve a indicarnos que si queremos ser exitosos y productivos debemos enfocarnos en situarnos arriba y a la derecha en el plano de la vida.

Pero nuestra relación con las matemáticas va mucho más allá de las ecuaciones e inecuaciones. Los conceptos básicos del cálculo diferencial e integral también han invadido la paz familiar de los venezolanos. Y si lo dudan, reflexionen por unos segundos en la gran cantidad de compatriotas que viven diariamente al borde, al “límite”; víctimas de la angustiosa sensación de padecer una existencia a la “deriva”. E inclusive debajo de la superficie, allí donde menudean las estaciones del metro, los venezolanos de a pie son advertidos cada cinco minutos acerca de los peligros de cruzar la raya amarilla antes de que el tren se detenga y abra sus puertas. O sea, el denominado “límite” de seguridad.

Cuando analizamos los episodios más sonados de nuestra historia política reciente nos encontramos con ejemplos vivenciales de fenómenos de discontinuidad. Y es que otra cosa no son los golpes de Estado; esos actos de rebelión cívico-militar que crean un quiebre, una ruptura, en el desarrollo normal del sistema democrático. Desde esta perspectiva teórica cabe hablar, como se hace en todos los estudios de discontinuidad que en el mundo han sido, de sediciones “removibles” y “no removibles”. Y en cuanto al perfil personal y psicoanalítico de los protagonistas de tales intentonas, dejamos en manos de los lectores perspicaces la identificación de sus nombres y tendencias.

En todo caso, la moraleja que se desprende de este breve análisis apunta hacia la necesidad de contar con un liderazgo maduro, que nos haga entender que la superación de la crisis no depende del tamaño de nuestras diferencias, sino más bien de la diferencia.

Sabemos que el cálculo diferencial es el estudio de las pequeñas diferencias. Tema matemático verdaderamente apasionante que en Venezuela, tierra de grandes y crecientes diferencias, resulta de complicada compresión. Sin embargo, con cada nueva discrepancia, con cada nuevo disenso, se allana entre nosotros el camino para una novedosa rama de la matemática. Y así, de tan impensada manera, la comunidad internacional se mantiene a la expectativa del nuevo razonamiento algebraico que de seguro nacerá de la imaginación e inventiva propias del venezolano, ya que irse por la tangente no es una opción para los herederos de Bolívar. En todo caso, la moraleja que se desprende de este breve análisis apunta hacia la necesidad de contar con un liderazgo maduro, que nos haga entender que la superación de la crisis no depende del tamaño de nuestras diferencias, sino más bien de la diferencia.

Ha sido esta imposibilidad de comprender la racionalidad matemática que envuelve la vida en comunidad lo que ha llevado a la oposición a privilegiar el cálculo político en detrimento del cálculo numérico. Cada día se hace más notable que el equivocado algoritmo de la politiquería descamina nuestros pasos a la hora de solucionar el mayor de los problemas de los demócratas venezolanos: la unidad. Pensamos entonces en el concepto de “integral”, y la elevada dificultad de ponerlo en práctica. Sabemos que debemos integrarnos, pero no sabemos cómo. A veces pareciera que el método de integración por partes no funciona en nuestro caso, en vista de que nos lleva a todas partes y a ninguna a la vez. La cosa no mejora mucho cuando examinamos el método alternativo: la integración mediante cambio de variable. Y es que todos vimos cómo la salida forzada del país de uno de los líderes opositores no se tradujo en el logro de la integración y la concreción de la unidad.

Espero que estas humildes reflexiones alfanuméricas no hayan causado un desánimo tal que lleve a los lectores a sufrir una suerte de regresión geométrica de escala logarítmica; sensación de abatimiento fatalmente reforzado por la tristeza causada por un socialismo que, al mejor estilo de una técnica de resolución de ecuaciones de segundo grado, pretende igualarnos a cero: cero propiedades, cero libertades, cero derechos. Los venezolanos tenemos el reto de mejorar nuestra aprehensión de los conceptos matemáticos; como requisito previo para la optimización de nuestras periódicas visitas a las urnas electorales. Y en este sentido, resulta imprescindible rescatar de las brumas del olvido al insumergible libro de Álgebra del profesor Aurelio Baldor. Misterio de la vida, y también de los números: Que sea un profesor cubano quien definitivamente termine ayudándonos a salir de este laberinto construido al calor (y vapor) de las asfixiantes tendencias arquitectónicas del totalitarismo europeo.

*texto inicialmente publicado en el diario “El Universal”, el 26 de junio de 2009. Puede ser encontrado en : http://www.eluniversal.com/opinion/090626/que-tiene-que-ver-la-matematica-con-la-politica-mucho
Reflexión y análisis

Las pasiones, los derechos humanos y Fidel

tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se debe robar, ¿robas?

Romanos 2:21

El viernes 25 (por esas ironías que la historia no nos deja de regalar, coincidiendo con uno de los momentos anuales más capitalistas de la tradición americana estadounidense- el famoso black friday-), decidió partir de este mundo Fidel Castro, sin lugar a dudas, una de las figuras emblemáticas del comunismo en el mundo.

Aunque no me sorprendieron las loas a su “trayectoria como estadista” o la alegría casi histérica de quienes ven en su muerte un posible signo de cambio de inflexión en el entorno político mundial, muy especialmente el americano, en el que, aunque duela reconocerlo, el castrismo ha jugado un rol protágonico, sí me impactaron algunas posturas de derechos humanos en la región y ya les digo por qué:

Hablar de la Cuba de Fidel Castro, es retrotraerse a una historia de desmanes políticos, devenidos en grandes sufrimientos no solo para los cubanos, sino para los diversos países latinoamericanos seducidos por las ideas marxistas-leninistas, que solo son verdaderas y útiles en discusiones de eruditos, o si una quiere dárselas de alguien así en una reunión. Eso no es una idea mía, ni es signo de que pienso así porque soy de la “derecha putrefacta” o amo el “capitalismo salvaje”; es una simple constatación de hechos públicos y notorios, a pesar de Gramma y de la mercadotecnia irónicamente capitalista, que hizo al Ché Guevara una efigie codiciada por hippies que aman y adoran el comunismo hasta tanto no “sientan” sus beneficios en carne propia.

Hablar de la Cuba de Fidel, repito, es poner sobre la mesa, al lado de algunos logros, los evidentes retrocesos de un sistema político que condenó al ostracismo y a la muerte a incontables seres humanos, simplemente porque disentían de la oferta ilusoria de una sociedad equitativa y plural. Y es que, mientras se preconizaba la eficacia del sistema de salud social (que en los países anglosajones funciona de verdad, gracias), el deporte, el arte o las letras, logros no exclusivos de Cuba y más bien debidos a los talentos personales de los ciudadanos pulidos, eso sí, por las oportunidades ofrecidas de manera discriminada a escogidas mascotas para la necesaria propaganda, se defenestraban rivales políticos, condenándolos en el mejor de los casos al exilio, y en el peor, a la ejecución; se separaban así familias, se silenciaban los disensos, se iban eliminando todas las libertades, mientras se instauraba el mandato de un Estado plenipotenciario, amo y señor del destino de sus ciudadanos.

Desde esa perspectiva, es curioso ver cómo los prejuicios ciegan al más preclaro analista, político o activista ciudadano, hasta el punto de no ver la manifiesta incoherencia entre la lucha, en apariencia muy comprometida, por la defensa de los derechos fundamentales y civiles propios y ajenos, y la admiración y alabanzas a la figura de un individuo que, mediante el modelo político que estableció y que controló férreamente por más de 50 años,  violó sistemáticamente los derechos individuales y colectivos de sus compatriotas, y hasta de ciudadanos en diversos países de Latinoamérica, al “exportar” sus ideas megalómanas para su beneficio personal.

Dado que una cree en la buena fe de esas gentes que trabajan tan duramente por la equidad, las minorías, las comunidades vulnerables en sus diferentes países, la verdad que impresiona comprobar cómo intentan justificar la evidente disonancia cognitiva que se plantea entre el culto a Fidel que profesan y el activismo en DDHH que ejercen, apelando a constructos ideológicos como “la soberanía y autodeterminación de los pueblos”, el “bien mayor”, el horror del “liberalismo”, el efecto de la “derecha apátrida” y otras tantas farsas semánticas en las que son tan expertos muchos que se profesan “de izquierda”, pero que a la hora de la verdad, se sientan en la mesa sin mucho ascos con quien les alimente el estómago y el ego, venga de la dirección y sentido que venga.

Mientras se apresuran a ensalzar los “logros de la revolución”, obvian flagrantemente sus patentes traspiés, precisamente evidenciados en las áreas en las que muchos de esos adoradores trabajan y desde las cuales mantienen posturas hipercríticas frente a sus propios gobiernos y líderes políticos. Yo, que solo veo en la revolución cubana la sustitución de una dictadura por otra peor, me planteo las siguientes interrogantes: ¿Cómo lo que está mal en nuestras sociedades, está bien en Cuba? ¿Cómo somos capaces de hacer a las víctimas que supuestamente defendemos, doblemente víctimas al cuestionar su derecho a pensar distinto y decirlo de viva voz? ¿Cómo somos capaces de rendir nuestras convicciones morales en el altar del culto a los personajes? ¿Cómo, al fin y al cabo, decidimos quién es víctima y quién no, emulando de esa forma el comportamiento de los seres cuyo comportamiento más rechazamos?

Ciertamente, pensar que alguien pueda tener la estatura moral suficiente para decir que lo que opina en este y otros aspectos, es la absoluta verdad y constituye la razón insoslayable, denota una soberbia monumental. Precisamente por ello, hacerse algunos necesarios cuestionamientos sobre el impacto de figuras como la de Fidel Castro y su legado, no es para nada un ejercicio ocioso, aunque probablemente poco confortable, especialmente cuando toca contrastar el decir con el hacer.

Pero para aquellos que buscamos en Venezuela oponernos a los desmanes de un gobierno que optó por negarse a servir a sus ciudadanos, importando una “revolución” a la cubana que ha servido para enquistarlo en el poder frente a la mirada incrédula y adolorida de muchos de nosotros, el revisar lo que creemos, lo que proclamamos y más aún, cómo actuamos, es cada vez más necesario, especialmente si queremos evitar esas incómodas disonancias que después nos llevan a intentar racionalizar con despropósitos monstruosos, nuestra total falta de coherencia.

“De modo que haced y observad todo lo que os digan; pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” Mateo 23:3-4

Crecimiento personal, Reflexión y análisis

El desapego y el cambio.

cropped-021314_1954_oposicinald1.pngPor circunstancias recientes que han marcado cambios en nuestras vidas, ayer reflexionábamos el músico y compositor Jesús Rondón y yo, acerca de las transformaciones que se dan en las familias y entornos cercanos cuando ciertas personas parten de este mundo, especialmente si la vida del colectivo familiar-relacional había estado signada por la presencia de esas personas.
En mi opinión, es ese cambio irreversible que introduce en nuestra vida la muerte, lo que la hace tan ‘incómoda’ para el común de las personas. Y es que cuando alguien querido o muy constante en nuestras vidas ya no está más, no solo lo extrañamos por sí mismo, sino por la pérdida del estatus quo que su existencia implicaba. Ya nada es igual ni lo será nunca.
A pesar de que suena y luce irracional, no es tan poco común insistir en aferrarse a lo que fue, pero que no puede seguir siendo. En este mundo que se reacomoda cada tanto y cada vez más rápidamente, es curioso percatarse que no somos tan proclives al cambio como nos gusta creer;  eso puede ser, sin duda, motivo de mucha infelicidad.
Y es que ahora que es más habitual estar regados por el mundo y que las nociones de ‘patria’, ‘nación’, ‘gentilicio’ asociados a una geografía o cultura, se desdibujan cada vez más, querer seguir manteniendo ciertas rutinas y modos de encontrarnos puede ser , no solo una tarea ingente,  sino profundamente dolorosa. Pienso que los afectos pueden seguir intactos en su intensidad, pero no necesariamente tienen que manifestarse de la manera que acostumbrábamos cuando quienes estaban aquí ya no están más.

Buda dijo: “El mundo está lleno de sufrimientos; la raíz del sufrimiento es el apego; la supresión del sufrimiento es la eliminación del apego.” 

Pero desapego no es indiferencia ni falta de estímulo, es simplemente permitir que la incertidumbre ocupe su sano lugar en la vida de cada quien, es aceptar el cambio sin tristeza, es permitir que ocurra lo que deba ocurrir.

Desapego tampoco es negligencia o dejadez. Paradójicamente, cuando la intención es clara, pero el resultado es prescindible, se es más eficaz y eficiente en el logro de ese resultado.

Jesús dijo: No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?  Porque (…) vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

LL, Mayo 2016

Reflexión y análisis

Thinking on gender equality…

Cuando pensamos en los logros de equidad entre hombres y mujeres ¿qué tan de cierto es que accedemos a las mismas oportunidades, contamos con los mismos beneficios y en la sociedad nuestro lugar es similar?

Yo no quiero ser igual a un hombre, solo quiero tener las mismas oportunidades y encarar, en igualdad, los retos que todos podemos afrontar.

La Sociedad, aún escribiéndose en femenino en todos, o casi todos los idiomas, es machista…

 

Crecimiento personal

Los Cuatro Acuerdos

Amanecer!
Image by Aitor Agirregabiria via Flickr

De Miguel Ruiz.

“No hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque así tú lo exiges. Si observas tu vida encontrarás muchas excusas para sufrir, pero ninguna razón válida. Lo mismo es aplicable a la felicidad. La felicidad es una elección, como también lo es el sufrimiento“. (Miguel Ruiz).

La domesticación y el sueño del planeta.

¿Son las cosas como las vemos, como las sentimos, o básicamente interpretamos lo que nos han enseñado a interpretar?

Para la milenaria cultura tolteca (México) la “realidad” que asumimos socialmente no es más que un sueño colectivo, el sueño del planeta. Desde el momento mismo de nacer, interpretamos la realidad mediante acuerdos, y así, acordamos con el mundo adulto lo que es una mesa y lo que es un vestido, pero también lo que “está bien” y lo que “está mal”, e incluso quiénes somos o cuál es nuestro lugar en el mundo (en la familia, en clase, en el trabajo). A este proceso el filósofo mexicano de origen tolteca Miguel Ruiz lo denomina domesticación.

“La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Somos un animal autodomesticado”.

El juez y la víctima.

En el transcurso de este aprendizaje incorporamos en nuestra propia personalidad al juez y a la víctima.

El juez representa esa tendencia en nuestra mente que nos recuerda continuamente el libro de la ley que gobierna nuestra vida -lo que está bien y lo que está mal-, nos premia y, más frecuentemente, nos castiga. La víctima es esa parte en cada persona que sufre las exigencias de su propio juez interior. Sufrimos, nos arrepentimos, nos culpabilizamos, nos custigamos por la misma causa una y otra vez, cada vez que el recuerdo nos pasa factura.

Y como consecuencia del propio sistema, el miedo se instaura en nuestra vida.

El miedo y las autoexigencias son los peores enemigos de nuestro pensamiento, y por ende, de nuestra vida. Durante el proceso de domesticación nos formamos una imagen mental de la perfección, lo cual no está mal como camino marcado a seguir. “El problema es que como no somos perfectos nos rechazamos a nosotros mismos. Y el grado de rechazo depende de lo efectivas que han sido las personas adultas para romper nuestra integridad”, según M.R.

Si el libro de la ley que gobierna nuestra vida (nuestra moral, nuestra lógica, nuestro “sentido común”) no cumple sus objetivos, que en su base fundamental consistiría en hacernos seres humanos felices y en armonía, es porque evidentemente éste no funciona. Y como no funciona hay que cambiarlo. Y ello lo hacemos revisando nuestros acuerdos (nuestra interpretación incuestionable, nuestro sistema de valores), desenmascarando los que no valen y sustituyéndolos por otros.

La filosofía tolteca nos propone cuatro acuerdos básicos:

1. Sé impecable con la palabra.

Las palabras poseen una gran fuerza creadora, crean mundos, realidades y, sobre todo, emociones. Las palabras son mágicas: de la nada y sin materia alguna se puede transformar lo que sea. El que la utilicemos como magia blanca o como magia negra depende de cada cual.

Con las palabras podemos salvar a alguien, hacerle sentirse bien, transmitirle nuestro apoyo, nuestro amor, nuestra admiración, nuestra aceptación, pero también podemos matar su autoestima, sus esperanzas, condenarle al fracaso, aniquilarle. Incluso con nuestra propia persona: las palabras que verbalizamos o las que pensamos nos están creando cada día. Las expresiones de queja nos convierten en víctimas; las crítica, en jueces prepotentes; un lenguaje machista nos mantienen en un mundo androcéntrico, donde el hombre es la medida y el centro de todas las cosas, y las descalificaciones autovictimistas (pobre de mí, todo lo hago mal, qué mala suerte tengo) nos derrotan de antemano.

Si somos conscientes del poder de nuestras palabras, de su enorme valor, las utilizaremos con cuidado, sabiendo que cada una de ellas está creando algo. La propuesta de Miguel Ruiz es, por tanto:

“Utiliza las palabras apropiadamente. Empléalas para compartir el amor. Usa la magia blanca empezando por ti. SÉ IMPECABLE CON LA PALABRA“.

2. No te tomes nada personalmente.

Cada cual vive su propia película en la cual es protagonista. Cada cual afronta su propia odisea viviendo su vida y resolviendo sus conflictos y sus miserias personales. Cada cual quiere sobrevivir el sueño colectivo y ser feliz. Y cada cual lo hace lo mejor que puede dentro de sus circunstancias y sus limitaciones.

Las demás personas sólo somos figurantes en esa película que cada cual hace de su vida, o a lo sumo personajes secundarios. Si alguien me insulta por la calle (o yo lo percibo así) con casi toda seguridad no tiene nada o muy poco que ver conmigo; es simplemente su reacción a algo que está pasando fuera (un mal día con su pareja o en el trabajo, una discusión con su hija), o más probablemente dentro (preocupaciones, ansiedad, frustración, impaciencia, una gastritis o un dolor de cabeza).

La impaciencia o las exigencias de tu pareja, de la vecina del rellano o de la cajera del supermercado, las críticas de tu hijo o en el trabajo, nada de eso es personal. Cada cual está reaccionando a su propia película.

Hay mucha magia negra fuera, lo mismo que la hay dentro de ti misma, o de mí. En cualquiera, en algún momento de su vida, en algún momento del día. Todo el mundo somos “depredadores emocionales” alguna que otra vez.

“Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores, los magos negros… Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te tomas las cosas personalmente serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno”, asegura Miguel Ruiz.

Comprender y asumir este acuerdo nos aporta una enorme libertad. “Cuando te acostumbres a no tomarte nada personalmente, no necesitarás depositar tu confianza en lo que hagan o digan sobre ti las demás personas. Nunca eres responsable de los actos o palabras de las demás personas, sólo de las tuyas propias. Dirás “te amo” sin miedo a que te rechacen o te ridiculicen“. Siempre puedes seguir a tu corazón.

Respecto a la opinión ajena, para bien o para mal, mejor no depender de ella. Ésa es otra película. NO TE TOMES LAS COSAS PERSONALMENTE.

3. No hagas suposiciones.

Tendemos a hacer suposiciones y a sacar conclusiones sobre todo. El problema es que al hacerlo creemos que lo que suponemos es cierto y montamos una realidad sobre ello. Y no siempre es positiva o está guiada por la confianza o el amor, sino más frecuentemente por el miedo y nuestra propia inseguridad.

Deduzco que alguien se ha enfadado conmigo porque no respondió a mi saludo al cruzarnos y mi mente organiza toda una realidad sobre eso. Y se rompen puentes entre la otra persona y yo, difíciles de salvar. Lo mismo con nuestra pareja, con la vecina, con la escuela. Creamos realidades en base a comentarios o elementos sueltos (cuando no en base a chismes malintencionados).

“La manera de evitar las suposiciones es preguntar. Asegúrate de que las cosas te queden claras… e incluso entonces, no supongas que lo sabes todo sobre esa situación en particular”, insiste Miguel Ruiz. En última instancia y si te dejas guiar por la buena voluntad, siempre te queda la confianza… y la aceptación.

Nunca nada que pasa fuera es personal. Pero en cualquier caso, NO SAQUES CONCLUSIONES PRECIPITADAMENTE.

4. Haz siempre lo mejor que puedas.

El cuarto y último acuerdo permite que los otros tres se conviertan en hábitos profundamente arraigados: haz siempre lo máximo y lo mejor que puedas. Siendo así, pase lo que pase aceptaremos las consecuencias de buen grado. Hacerlo lo mejor posible no significa que tú y yo tengamos que hacerlo de la misma manera, ni siquiera que mi respuesta en estos momentos sea la misma que en otro que me siento cansada, o no he dormido bien, o me siento llena de amor y confianza y tremendamente generosa. Se podría decir que en cada momento de nuestra vida somos diferentes, en unas circunstancias y con unas limitaciones concretas. A veces podemos responder a lo que interpretamos como una “provocación” con una sonrisa irónica o divertida, con sentido del humor, o con una carcajada retadora, o incluso a gritos. Pero siempre podemos intentar ser impecables con la palabra, no tomárnoslo personalmente y no sacar conclusiones precipitadas… dentro de nuestras limitaciones físicas, anímicas y en general, de cada momento. Si lo intentamos, de la mejor manera que podemos, ya es suficiente.

“Verdaderamente, para triunfar en el cumplimiento de estos acuerdos necesitamos utilizar todo el poder que tenemos. De modo que, si te caes, no te juzgues. No le des a tu juez interior la satisfacción de convertirte en una víctima. Simplemente, empieza otra vez desde el principio.”

Con la práctica será cada vez más fácil hasta que, sorpresa, la identificación es prácticamente completa y los cuatro acuerdos forman parte de nuestra manera de ser. Simplemente somos así.

Sin duda nuestra vida será más sencilla y satisfactoria, para nosotros mismos y para las demás personas que nos rodean.

(Sobre el libro de Miguel Ruiz, “Los cuatro acuerdos”, Editorial Urano).

Reflexión y análisis

El mundo cambia y sigue igual

IMG_1669A pesar de nuestro orgullo por pensar que hemos progresado al punto de superar los temores atávicos que nos despierta la oscuridad, física o intelectual, ciertamente parece que sí hemos dado otro nuevo giro en espiral que nos ha situado en un espacio, quizá más ‘sofisticado’, pero no tan distinto al que creímos haber dejado atrás.

Nuestro omnipresente temor a lo desconocido nos sigue haciendo inflexibles, recelosos, injustos. Nuestro nuevo e informe enemigo, el terrorismo, nos hace huir despavoridos de las tierras arrasadas por nuestros propios connacionales. La torpeza e inmoralidad de los líderes políticos y religiosos de nuestras naciones, propician una diáspora que se topa con muros levantados en los límites ficticios que separan trozos de territorio y que hacen al mundo más pequeño, más árido, más hostil.

Paradójicamente, el avance tecnológico crea puentes en medio de las fronteras que la política impone a la geografía, sin embargo, al funcionar como un nuevo dios (impasible y por encima de la moral), es instrumento de virtud o de pecado, dependiendo de las intenciones de quienes acceden a él.

Grave tarea nos toca a los seres humanos que, en medio de este panorama de desconfianza, intolerancia y confusión, pretendemos lograr una refundación de los valores que nos permitan vivir y convivir en sociedad, para progresar en el logro de objetivos comunes de bienestar y prosperidad. Aunque la tares es ingente e inacabable, vale la pena dedicarse a ella con empeño.